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ALBERT, un mafioso de cerca

A raíz de un post de Silvia Uslé, e inspirada, entre otras, por la frase “en la vida real los malos a veces acaban mal pero a veces acaban bien”, se me ocurrió escribir sobre un mafioso que conozco personalmente.

  • Esta historia es verídica, 100%. Estoy bastante tranquila, sé que ELLOS no leen blogs. No creo que sepan lo que son.
  • Marta es mi amiga desde 5 EGB, es de esos amigos que son casi como la familia, que te han tocado en la vida, para bien o para mal.
  • Y esta historia sólo la podía contar en un blog anónimo.


Lo conozco por Marta, su médico y amiga común. Los individuos como él tienen en alta consideración a sus médicos personales. También me he dado cuenta de que se sienten muy solos. Piensan, con razón, que todos los quieren por el dinero y que los elogios son siempre fingidos, aunque ellos estén deseando creerlos. Probablemente Marta, mi amiga, sea de sus pocos amigos. Él no lo sospecha, creo, pero hasta yo dudo de que Marta no se haya acercado a él por su dinero. Por eso también creo que le caigo bien, porque nota que a mí su dinero no me interesa, y no es sólo que no me interese, es que me da asco, pero hasta ahí creo que no ha llegado su percepción.

Al padre de Albert lo asesinaron, salió en las noticias. Se decía que lo más probable es que hubiese sido la esposa, para quedarse con la herencia. Otros hablan de ajustes de cuentas. Yo no lo sé.
Llegué a conocer al padre, hace algunos años, cuando el viejo quería casar a Albert, que por aquel entonces vivía en Londres y sólo pensaba en dedicarse a las telecomunicaciones, con Marta, que acababa de ser la primera de su promoción en medicina y es tan guapa y habla idiomas, y es hija de un tipo con influencias en la costa. La invitó a Ucrania, a pasar unas vacaciones, pero Marta se negó, en aquella época andaba enamorada de un relaciones públicas mexicano que resultó ser un farsante, y Albert le parecía aburrido y bobalicón.
Ahora las cosas han cambiado mucho, me pregunto cuánto tiene el dinero que ver. A Marta le gusta vivir bien, sabe adonde arrimarse, lo pasó demasiado mal cuando su padre las abandonó, a su madre y a ella, dejándolas sin un duro, de todos los lujos a vida de pobre. Por eso se quedó de médico de familia, aún habiendo podido elegir la especialidad que hubiera querido, porque quería dinero cuanto antes. Ahora trabaja en una clínica privada, unas pocas horas, y se dedica al botox en sus ratos libres. No le va mal.

Al morir el padre, Albert ocupó su lugar y se convirtió en el responsable de la construcción de varias urbanizaciones de lujo a lo largo de la costa. Me consta que no hay nadie por encima de él, al menos en España. Tiene un socio, el amigo inglés, el dueño del hipódromo, un tipo pecoso y pelirrojo que siente predilección por las camisas hawaianas, uno al que, cuando me contaba que era dueño de varias inmobiliarias de UK, no me atreví a decirle que no encontraba piso en Gales, y sólo podía mirarle de reojo el rolex de brillantes que llevaba, bromear y dejarme invitar a gintonics. Porque si les pides eres una mierda para ellos, y lo que me faltaba era ser una mierda para un tío que para mí no vale nada. Hay otro socio, el ruso moreno, barbudo y barrigón, que viste ropas pasadas de moda y siempre anda con un maletín de cuero negro gastado. Ése no habla inglés y me mira raro. Albert actúa como si no estuviera, pero en el fondo siempre lo tiene en cuenta. Cuando la última fase de la última urbanización aún no estaba terminada de construir, Albert decidió que se jubilaba. Dice que España está agotada, que le queda un año, que hay sitios mejores para construir, como Croacia o Sudáfrica, pero que él, de todos modos, ya ha terminado con el negocio.

Ahora se quiere ir de viaje en barco alrededor del mundo, para gastar el dinero que ha ganado, pero antes necesita encontrar una tripulación fiel. Como es muy impaciente, y la idea del barco se le ocurrió de un día para otro, se compró un yate viejo, pero que es el más grande del puerto, y se propuso restaurarlo. Con la ayuda de Marta convenció a la pareja de ésta, Dani, que era capitán del yate del dueño de un canal de televisión, para que abandonara su puesto y se fuera con él. Para sus planes, en principio necesita a un médico - como buen mafioso hipocondríaco- y a un capitán, por lo que Marta y Dani encajaban que ni pintado.

Dani, capitán asturiano muy respetado en su círculo, estuvo casado con una inglesa alcohólica de la que tiene un hijo de once años. Después de aquello, se hizo la vasectomía y dice que es irreversible. Tiene ataques de pánico que no se le terminan de curar y bebe demasiado, como Marta, aunque es cierto que nunca lo hacen mientras trabajan. Marta se debate en la duda, si tener un hijo o no, a veces convence a Dani para que se opere, otras dice que va a adoptar. Marta no sabe lo que quiere y lleva el suficiente tiempo con Dani como para haber probado la rutina y el desencanto, por lo que la relación se sucede en continuas crisis, a pesar de que la hipoteca común une mucho.

Cuando Albert le ofreció el puesto a Dani no le contó que su idea de la vuelta al mundo era mínimo por un año, y de haberlo sabido, dudo mucho que Dani hubiera aceptado, porque siempre cuenta que está cansado de la vida en el mar. Dani al final aceptó porque Albert le triplicaba el sueldo. No hablamos del tema, es tabú entre nosotros, pero ante semejantes condiciones económicas, Dani fue uno más en taparse los ojos ante lo que todos sabemos que hay detrás.

El barco, todo hay que decirlo, tiene un planta impresionante, es famoso en el puerto por lo espectacular. Está atracado en una parte del puerto que nunca me había fijado que tenía el paso restringido. Para llegar a él, en coche, hay que seguir todo un protocolo de seguridad complicadísimo. Los atraques de esa parte del puerto disponen de aparcamientos privados para coches, satélite y todas las comodidades.


Dani, tras pasar a trabajar con Albert, era el encargado de contratar a la tripulación, de unas diez personas, y de restaurar el barco, que necesita muchos más arreglos de los previstos, incluido cambio de motor, por lo que el viaje se demora.
La decoración está prácticamente terminada. Han cambiado toda la madera vieja por bambú y colocado cojines blancos en todas las estancias. Es de un estilo minimalista, parco, aburrido, pero que alivia la típica claustrofobia del interior de un barco. Hay grandes pantallas de televisión en las que siempre retransmiten canales internacionales de deportes, o desfiles de moda cuando lo ven las chicas. Ahora a Albert le gusta tanto el barco que vive permanentemente en él.

Pero la organización del barco es un desastre. Dani se agobia con todo, la relación con los miembros de la tripulación de Europa del este que Albert le ha impuesto no es muy fluida y en ocasiones le falta autoridad, entre otras cosas porque Albert muchas veces se la quita cuando no debiera. El tema de la cocina y los horarios de comida no se termina de fijar. Los rusos no se adaptan a las costumbres culinarias de España, sólo quieren comer ensaladas, a deshoras, y cuando piden las comidas tienen unas maneras que los españoles consideran poco corteses.

Marta tampoco contribuye a la paz en el barco, es caprichosa. Albert en persona contrató a una gobernadora que resultó que Marta conocía con anterioridad. Dio la casualidad de que había estado con un exnovio de ella y no se tragaban. Marta le exigió a Albert que la despidiera. Marta puede llegar a ser muy déspota también, el poder engancha. Albert acabó despidiéndola, pero esto también desestabilizó mucho el ambiente en el barco. Así, no terminan de encontrar la tripulación adecuada. Aunque parece que la idea de una vuelta al mundo en un yate de lujo puede ser muy idílica, a la hora de la verdad es difícil encontrar gente que esté dispuesta a hacerlo y que se adapte a ello.

En el barco también viven tres "secretarias". Obviamente no saben ni manejar un ordenador, y de hecho a Albert no le hacen falta secretarias, porque ya no trabaja, pero con su enfermedad tiene épocas de mucha actividad sexual, sobre todo cuando llega la primavera y el otoño, y necesita desfogar. Marta me lo contó, él sufre de esquizofrenia, aunque no muy acusada. Albert nunca quiere hablar de eso y Marta lo prefiere así, no quiere interferir con el trabajo del psiquiatra.

De una de las secretarias, al final, me hice amiga. Las otras dos eran de Europa del este, ni idea de qué país, y no había mucha química ni interés mutuo, pero la morena me llamaba la atención. No hablaba español, tenía un inglés perfecto, pero no parecía inglesa. Tenía cierto halo de misterio y me costó sonsacarla sobre sus orígenes, pero acabó confesándome que era hija de inmigrantes gallegos que habían ido a Londres cuando ella era pequeña. Se enteraba de todo… Acabó hablando español conmigo, la única vez que se lo oí, y pidiéndome que no le contara a nadie su historia, que era bastante triste, por cierto, un sinfín de idas y venidas a reformatorios de distintas ciudades.

En una ocasión Marta me contó que le había sido infiel a Dani con Albert. Dijo que no tenía importancia, que sólo iba a ser esa vez y que ya había satisfecho su curiosidad.
La verdad es que Albert está bueno, aunque ya tiene cuarenta y tantos. Ese cuerpo es de más joven... Como no tiene otra cosa que hacer es carne de gimnasio. Es delgado, elegante, viste siempre de negro, ropa exclusiva, por supuesto, y tiene unos ojos azules ciertamente especiales.
Está obsesionado con la composición de cada alimento. Yo creo que sufre de ortorexia, o al menos está en camino de sufrirla. Es curiosa su fijación por el pimentón picante, el alimento perfecto para él, y por ende de los que le rodean. Se lo echa a todo, lo pide en los restaurantes, y si no lo tienen, se indigna, y es capaz de no volver. Es que Albert es así, el champán el más caro, el pescado me lo traéis directamente de Barbate, si no no lo quiero, ya podéis estar yendo...



Marta todavía se está pensando lo de la vuelta al mundo cuando se termine de acondicionar el barco:
- No estaría mal, me podría volver a preparar el MIR y hacer cirugía por fin, aunque no sé, porque con el botox es con lo que más se saca con diferencia, comprobado...
- Y estar tanto tiempo sin ver a tu madre, a mí… - observé, aunque en el fondo me da igual, estoy acostumbrada a estar tiempo sin verla, pero era por ver si se le removía algo -. ¿Y si te da un agobio y no tienes nadie con quien hablar?
- Van a poner cinco terminales de internet en el barco, no estaría incomunicada. Es que tú imagínate, todo el día tumbada al sol, de puerto en puerto, de compras, comiendo en los mejores restaurantes, y encima me pagaría una pasta…
No había manera de convencerla:
- Y si ahora estás así con Dani, imagínate todo el día con él.
- Eso es verdad, no sé, yo quiero ir, y Dani también quería al principio, pero ahora se lo está pensando.
No me pude aguantar más:
- Tía, Marta, ¿es que no piensas, coño? Un año metida en un barco con diez tíos, entre ellos tu novio y un esquizofrénico que encima te gusta y al que tú le gustas. ¿No ves que no puede salir bien?
- No quiero que llames así a Albert –me respondió con tristeza-.
Silencio y conciencia por mi parte de que acababa de meter la pata.
No es que me haga caso siempre, pero esa vez se quedó seria y pensativa.
Ella sabe que no trago a Albert, que no me fío, lo evito y, cuando no me queda más remedio, soy hipócrita con él. Además, me da pereza hablar en inglés para conversación tan poco interesante.
Está harta de decirme que es una persona muy especial, pero nunca me convencerá para que sea amiga de él. Me dice, tú eres mi mejor amiga y él es mi mejor amigo. Lo ha intentado todo.
En otra ocasión me contó:
- A veces pienso en dejar a Dani, me tiene harta con su ansiedad y sus inseguridades, no vale para nada.
- Piénsatelo, Marta.
- Me imagino mi vida con Albert, sin pegar un palo al agua toda mi vida...
- Pero a ti te gusta la medicina.
- Sí, pero la practicaría de vez en cuando...
- Dani es un tío de puta madre, no lo vayas a perder por un encoñamiento pasajero.



Un día hubo una crisis en el barco. Dani se hartó, llevaba varios días así, pero hubo una gota de las que siempre colman los vasos. Dani, cansado de cocinar siempre él, que por cierto lo hace maravillosamente bien –gran punto a su favor por el creo que Marta todavía no lo ha dejado-, contrató a un cocinero venezolano, de gran prestigio en Miami y Barcelona, donde incluso tiene negocios propios. Se lo robaron a Ivanna Trump, era el cocinero de su yate, pero le ofrecieron más dinero, y como al hombre le gustaba la idea de venir a España, al final tomó la decisión. Dani estuvo todo un mes convenciéndolo, y el primer día en que estaba el cocinero en el barco, sucedió la siguiente conversación, Albert le dijo a Dani:

- Ese cocinero tiene un tatuaje, despídelo.

- Pero si es el de Ivanna Trump…

- Da igual, despídelo. Págale el sueldo de tres meses y despídelo.

Albert fue tan contundente, que luego Dani me contó que ni siquiera le había podido rebatir. Dani no sabía cómo despedir al hombre, con el que habíamos salido la noche anterior y nos había caído tan bien. Me preguntaba:
- ¿Con que cara le digo yo a ese hombre que está despedido por eso? Después de que ha dejado su trabajo… ¡Pero si todavía no ha cocinado ni una sola vez!
Quizá contribuí a incendiar más los ánimos, quizá no debía meterme en las cosas del barco, pero no pude evitar dar mi opinión:
- A mí no me parece normal despedir a un tío porque lleve un tatuaje, que ni se le ve. Vamos, si me dijeras que es recepcionista lo podría hasta entender, que tampoco, pero ¡a un cocinero!
Marta, antes que admitir que Albert pudiera estar tan equivocado, lo apoyaba, que era su barco y él decidía, pero se le notaba el pesar en el rostro.
Al final, lo despidieron. Yo había hecho equipo con Dani y Marta estaba enfadada con nosotros.

Ese mismo día, se empezaron a torcer aún más las cosas. Al principio, íbamos a ir toda la tripulación, las secretarias y unos amigos a cenar a un restaurante que estaba allí al lado. En el último momento, a Albert, animadísimo ante tanta concurrencia, se le ocurrió ir a otra localidad, a unos 60 kilómetros por carretera secundaria, a cenar. A todos nos pareció estúpido y caprichoso, con lo tarde que era ya, noche cerrada, coger el coche, y luego volver borrachos... aunque el coche de Albert es un verdadero tanque y seguro que no nos pasaba nada, pero no apetecía. Su coche es otra de las obsesiones de Albert. Pura seda, tengo que reconocerlo, otra dimensión. Le cambia las ruedas cada dos por tres, le añade aparatos de navegación, siempre hay un mecánico rondando por las afueras del barco. Los mecánicos son otro gremio muy bien considerado por esta gente.
Yo dije que no iba, Albert insistió, yo les dije que fueran ellos y como excusa me inventé que iba a casa de mi madre, que hacía tiempo que no la veía y me apetecía mucho su comida casera. Buena excusa, incontestable, me pareció. Tampoco soy inocente ni Albert tonto. Mi único tema de conversación real con Albert siempre había sido la comida y en el fondo me di cuenta de que le estaba diciendo que yo iba a comer mucho mejor que él y que despreciaba sus invitaciones. Se empezó a mostrar muy nervioso. Dani, aunque yo no buscaba su apoyo, tampoco apoyaba a Albert, y las secretarias discutían entre ellas. Yo, pasando de Albert, le decía a Dani, en español, que me parecía mal reservar mesa para quince personas y ni siquiera molestarse en llamar para anularlo, que no teníamos en cuenta las molestias y los gastos que le ocasionamos a esas personas. Marta me decía que eso a ellos les daba igual, porque luego iba un día Albert y les dejaba allí unos cuantos de 500 y ya estaba, por eso no se quejaban. Aún así a mí me parecía mal y me seguía pareciendo un capricho tonto irnos tan lejos a cenar cuando allí mismo podíamos hacerlo igual, con menos exotismo pero con la misma calidad. Albert montó en cólera. Yo lo ignoraba como si no pasara nada. El ruso moreno que nunca hablaba se limpiaba el sudor con un pañuelo de tela. Yo, ante el panorama, me fui, me despedí ligeramente y sin mirar atrás me fui.
Por lo visto, al final no fueron a cenar a ningún lado y se dividieron en grupos pequeños.
Al día siguiente Marta me dijo que Albert se había disgustado mucho y que le había dicho que me dijera que estaba muy enfadado conmigo porque no había querido ir a cenar con él y a qué se debía aquéllo. A mí al principio me resbaló, luego me mosqueé. Le respondí que ya había contado que había quedado con mi madre.

Tampoco es que no trague del todo a Albert, Tenemos puntos en común, los buenos vinos, las comidas… No es tonto, no, sabe casi tanto como los de la tierra, tampoco ha tenido otra cosa que hacer. Si por un momento olvidas que es un mafioso y el responsable directo de la destrucción del medio ambiente y del modo de vida de pueblos enteros y vete tú a saber de qué oscuros orígenes proviene el dinero que blanquea, no está tan mal.

Desde entonces lo evito verdaderamente, hace ya dos meses. Marta cada vez se junta más con esta gente, y yo tiendo a evitarlos, por lo que la veo cada vez menos.
Me acabo de enterar de que una de las secretarias, la gallega, se ha quedado embarazada de Albert. No sé cómo este acontecimiento puede afectar al transcurso de los hechos, pero Marta me ha dicho que ahora que espera un hijo parece que está más calmado, que le ha sentado bien...
No quiero encontrarme más con Albert, y si alguna vez ocurre será porque no haya más remedio. No me gusta. Hasta cuando come, cuando ríe, cuando mira al horizonte, tiene la mirada. Es un cazador.

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